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- El camino de Ruanda
10.9.14
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Si estos son ruandeses, desde luego nada tienen que ver con los que me he cruzado durante los dos meses que he permanecido recorriendo el país de las mil colinas. De no ser por las condiciones en las que se encuentra este edificio, pensaría que he terminado en el JFK de Nueva York o en el Midway Internacional de Chicago. Muchos de los negros que se pasean aquí parecen salidos de un videoclip del cantante rapero Snoop Dogg. Ataviados con collares, anillos y colgantes, relojes de pulseras que harían de palacios para cuco, si esto es África, que baje Mandela y lo vea. Ropa con motivos y colores de los «iuesei», como si las prendas hubiesen sido tejidas con la bandera del Estado que dirige Obama. Hasta dónde llega la globalización, pardiez.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Fuente original en novadehistoria.com


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