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El objeto a fotografiar debe estar iluminado
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Aunque pueda parecer innecesario por lo obvio, saber el significado de la palabra fotografía nos revela la más importante lección: el objeto a fotografiar debe estar bien iluminado. Es costumbre pensar que podemos fotografiarlo todo; pero aunque es cierto, si aquello que queremos recoger en nuestra cámara no goza de la iluminación óptima y suficiente, bien de forma natural o artificial, el resultado no será el esperado. ¿Por qué sucede esto? Básicamente porque creemos que la cámara de fotos procesa la información de la misma forma que nuestro ojo humano, y no es así. El rango dinámico y la capacidad de ver que posee el hombre (y otros animales) es superior a cualquier aparato. Además de que la medición de la luz es diferente. Me explico.
Seguro que habrás intentado hacer una fotografía a alguien en la ventana, como el famoso cuadro de Dalí Figura en una finestra. Esto se llama «contraluz» y es una de las situaciones más difíciles de solventar debido a que la luz es tomada o medida, o del vano, o de la parte interior de la habitación. De tal modo, si elegimos la primera opción, el interior saldrá oscuro (subexpuesto), y si optamos por tomar la luz de dentro, la ventana sabrá con demasiada luz (sobrexpuesta o quemada). Si a esto le sumamos que generalmente disparamos nuestros aparatos fotográficos en el modo automático, cualquiera sabe cuál puede ser el resultado…
El ejemplo de contraluz en la ventana es uno de los más extremos, pero a veces creamos este tipo de situaciones o parecidas de manera innecesaria. Cuando alguien te pide que le hagas una foto, por regla general, te llevas la cámara al ojo (si tiene visor óptico, pues la moda actual es ver a través de la pantalla) y clic. Si haces esto corres el riesgo de no situar correctamente a la persona a quien deseas tomar el retrato. Si ésta se posiciona con el sol o la luz principal tras de ella, a no ser que salte el flash (y si está lo suficiente cerca como para que le alcance su luz), la cara y el resto del cuerpo aparecerán oscuras (subexpuestas). Procura, siempre que puedas, situarte con el sol o la fuente de luz a tu espalda, y el sujeto u objeto que quieres captar bien iluminado.
Otro consejo importante, especialmente para quien revela las fotos en color es saber a qué hora del día y en qué condiciones hacerlas. Si el cielo está despejado cuando el sol está en su apogeo, la luz es demasiado fuerte y crea contrastes que perjudican la toma. La temperatura de color (sintetizando mucho, más amarillenta o más azulona) y las tonalidades son más suaves, cálidas y bellas cuando amanece y al atardecer. Esos tonos rojizos se deben a la forma de las ondas de color rojo, que llegan más lejos que el resto. Si el cielo está nublado atenúa a cualquier hora la fuerza de los rayos solares, por lo que podríamos hacer fotos a cualquier hora, aunque tampoco gozaríamos de la misma situación que cuando comienza y termina el día. En tal caso, con nubes, los tonos son más plomizos aunque mejores que a plena luz del mediodía.
Con la fotografía en blanco y negro el momento en que se hace la toma importa algo menos, de ahí que muchos fotoperiodistas deciden este estilo porque no pueden elegir el momento en el que suceden los hechos.
Recuerda, fotografía significa escribir con luz, de modo que si estás a oscuras o tienes poca iluminación, es como si tuvieras una pluma sin tinta o a punto de gastarse.
Artículo original en Novadehistoria.com: ¡Haz click aquí!
El camino de Ruanda
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Si estos son ruandeses, desde luego nada tienen que ver con los que me he cruzado durante los dos meses que he permanecido recorriendo el país de las mil colinas. De no ser por las condiciones en las que se encuentra este edificio, pensaría que he terminado en el JFK de Nueva York o en el Midway Internacional de Chicago. Muchos de los negros que se pasean aquí parecen salidos de un videoclip del cantante rapero Snoop Dogg. Ataviados con collares, anillos y colgantes, relojes de pulseras que harían de palacios para cuco, si esto es África, que baje Mandela y lo vea. Ropa con motivos y colores de los «iuesei», como si las prendas hubiesen sido tejidas con la bandera del Estado que dirige Obama. Hasta dónde llega la globalización, pardiez.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Fuente original en novadehistoria.com
Todo lo que es capaz de capturar una imagen es una cámara
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Primer principio de mi decálogo fotográfico. A veces se me olvida. Frecuentemente, he de reconocerlo. Es difícil escapar de esta vorágine consumista en las que andamos imbuídos. Yo no culpo ni a la publicidad, ni al comercio, ni a los gobiernos neoliberales, ni al capitalismo, ni a amazon o fnac que me mandan correos electrónicos con productos que saben que me pueden interesar. Me parece estúpido hacerlo, qué quieren que les diga. ¿Por qué sacudirnos siempre la responsabilidad de nuestros actos? En última instancia nadie te apunta con una pistola obligándote a comprar otra cámara, otro objetivo, otra mochila, trípode y toda suerte de chalauras que componen hoy día la parafernalia de la fotografía. Oye, ya somos mayorcitos para saber lo que de verdad nos hace falta para hacer fotos y lo que sólo atiende al gusto de consumir, a esa espuria sensación de bienestar cuando uno suelta las pelas y recibe a cambio uno de esos cachivaches bien embalados, nuevos, brillantes, garantizados. A veces disfrutamos sólo comprobando que siguen impolutos a pesar del paso del tiempo. Y eso realmente sólo es por un único motivo: sencillamente, no lo usas.
Soy visual; observo, observo. A través de los ojos comprendo las cosas. Henri Cartier-Bresson
Para comenzar a hacer fotos hace falta una cosa que se llama cámara, nada más. Luego ya vendrán otras necesidades porque es verdad que para realizar encargos en lugares difíciles puede ser necesario mejorar el equipo. Por supuesto. Pero no nos engañemos, llevamos décadas disfrutando de esta práctica y nunca han existido tantos automatismos ni tantas facilidades para conseguir buenas imágenes. Para muestra un botón: díganme cuál es la diferencia a priori entre 10 y 16 megapíxeles. No busquen, no hay tal diferencia. A no ser que impriman a un tamaño mayor de un A3, ni facebook, flickr o instagram lo notarán.
Sospecho que en los tiempos que corren disfrutamos más adquiriendo material que utilizándolo, y eso sólo nos llevará a una conclusión: la fotografía no nos gusta; porque fotografiar es hacer fotos, así de siempre. Acudan al diccionario, ¿verdad que no dice: fotografía, 1. f. Arte de fijar y reproducir por medio de reacciones químicas, en superficies convenientemente preparadas, las imágenes recogidas en el fondo de una cámara oscura «que sea güena, a ser posible cara y una novedad en el mercado.»? (el entrecomillado es mío).
Esta actividad debe sostenerse por el simple gozo y disfrute en sí misma, como un juego. Lo aprendí en el taller de Ricky Dávila. No es el resultado, es la acción; preparar el viaje o la salida, elegir el lugar, el contexto, el proyecto, el problema, la pregunta que uno desea resolver. Es madrugar, pasar horas en los aeropuertos y también cargar con la cámara cuando se va al kiosco a por tabaco. Es vivir detrás del objetivo en los cumpleaños, en las bodas, en el café de la tarde. Todo eso es fotografía y no nos pide grandes equipos para comenzar a disfrutar de ella. Ni vas a conseguir mejores fotos porque la tengas más grande, no nos engañemos. Ya tendrás tiempo de perfeccionar la técnica, de ampliar las lentes, de cambiar de modelo, de saber que a veces menos es más, y que cargar con una D800 o una Mark III durante horas le cansa a un camello.
Más que una profesión, la fotografía ha sido siempre una pasión para mi, una pasión más cercana a la obsesión. Marc Riboud
Ahora todo el mundo quiere una réflex, sin saber siquiera por qué se llama así. Sin darse cuenta de que con las compactas que se fabrican se pueden obtener imágenes de la misma calidad en la mayoría de las situaciones. Por elegir un ejemplo, de los dos fotoperiodistas galardonados con el Pulitzer que tenemos en España, Javier Bauluz hizo su último trabajo, Resistencia minera (2013), con un iPhone. Y otro fotógrafo de renombre como José Ramón Bas utiliza desechables y cámaras que suele comprar en los lugares a los que viaja y luego revende o abandona allí mismo. Por supuesto, sin que redunde negativamente en sus obras, pues han sido galardonadas con varios premios y ha expuesto en multitud de galerías y exposiciones, así como editado varios libros.
Con esto no quiero decir que no tengamos que detenernos a pensar en el instrumento que vamos a utilizar para afotar, o que si nos dedicamos a ello profesionalmente basta con ir con el móvil para cubrir una boda o un bautizo. No hablo de este tipo de fotografía que comprendo que tienen sus necesidades particulares. Yo sólo pretendo advertir del error en el que incurriríamos si nos saltamos el paso más importante de todos: disfrutar haciendo fotos. Y aquí, pedir consejo y asesorarse con buenos profesionales, profesores o tutores que nos guíen en este sentido es una gran idea cuando de lo que se trata, de lo que vengo a hablarles hoy aquí, ni siquiera es de cómo pueden ahorrar o gastar lo menos posible con la fotografía, sino, más importante aún: cómo podemos disfrutar de hacer fotos. Repito: hacer fotos. Esto es otra cosa.
Si no me he sabido explicar demasiado bien, les recomiendo un librito que es una auténtica joya. En él viene recogida, no solo la vida y obra de su autor, sino algunas de sus entrevistas y varios textitos sueltos acerca de su relación con este arte. Me refiero a El disparo fotográfico del maestro Henri Cartier-Bresson, editado por BLUME (2012). Para el fotógrafo gabacho: Fotografiar es poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón. Es una forma de vida. Podrán entender estas palabras, pero para llegar a comprenderlas no basta con comprarse una cámara de hacer fotos, es imprescindible eso: hacerlas.
Nota: Elliot Erwitt, Magnum Photo (fotografía de cabecera).
Una niña en el Rif
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias.
Para situarles debo decirles que cuando llegamos al aldeorrio en aquel furgón desvencijado después de varias horas por caminos de tierra y arena, lo primero que nos dijeron es que las mujeres y las niñas no se acercan a los extraños; esto estaba muy mal visto en ese lugar por donde apenas pasaba nadie. En los últimos años poco más que un par de cooperantes de ONG pusieron el pie allí, trataron de hacer funcionar un servicio de lavadoras con energía fotovoltaica, y más tarde se enteraron de que las placas solares de la lavandería se retiraron para emplearse en unos nuevos televisores. Al parecer decidieron que entre seguir fregando a mano y ver la tele, lo primero les ahorraría tiempo, pero tiempo era precisamente lo único que les sobraba.
Aquel fue mi primer viaje de recorrer carreteras y calles con mochila al hombro y cámara al cuello como el mayordomo del castillo que se cuelga la llave maestra. Era entonces cuando comenzaba a hacer fotografías, ya saben; que si encuadrar aquí, que si la regla de los tercios, que si el diafragma, la velocidad, el angular, tal… y de repente una niña salida de la nada irrumpió en mi visor. Debía de tener unos siete años y se acercó con la curiosidad propia de esa edad y la suma de vivir en un lugar olvidado, esos que todavía existen donde la distancia y el paso del tiempo te hacen más viejo y más antiguo que en cualquier otra parte. Esos lugares donde la vida pasa lenta, muy lenta; pero dejando marcas en el rostro tan tempranas como indelebles. Allí entre las montañas por las que cazcaleaba tranquila la quietud infinita, emigrante desde este otro lado del planeta en el que llevamos tanto tiempo volviéndonos locos.
Pero a lo que iba, decía que ni las niñas ni las mujeres hablaban con desconocidos. Esto lo habíamos comprobado con rapidez nada más bajarnos del furgón, pues a las primeras sólo las vimos jugando y correteando entre el chorro de críos que nos seguían constantemente, pero rehuían como palomas desconfiadas en una plaza pública. Y a las mujeres adultas, nunca vi más que a una en la casa donde nos acogieron. Es por esto que aquella mañana, yo sólo entre las montañas, al amanecer, aquella niña de siete años que se acercaba sin tapujos ni timidez me dejó helado. Se encontraba apacentando a tres o cuatro cabras del ganado familiar. Debía de haber madrugado bastante para este trabajo, pero imagino que andaría pensando en sus cosas, mirando al horizonte preguntándose qué demonios habría tras el mar de cordilleras que la separaba de casi todo. Entre señales con las manos, mi escaso francés de bachillerato y sus dos palabras de español, aprendimos nuestros nombres. Observó la cámara con asombro y curiosidad, intentando trastearla en una lucha consigo misma entre el respeto hacia mí y los deseos de saber qué era el cacharro que llevaba encima. Captura imágenes, intenté explicarle. Tenía una Nikon F8, la de carrete, así que no podía hacer una fotografía y mostrársela en la pantalla. Sin embargo, debió de entenderlo a la perfección, pues enseguida se dispuso a posar permitiéndome retener una experiencia que comprendí al instante no iba a olvidárseme jamás.
Silvio Rodríguez, Ojalá. Concierto en la Plaza de la Revolución de ciudad Habana con la gran orquesta de Jazz Afrocuba, 1989.
Siempre estará ligada esta canción a los niños de una aldea perdida de Marruecos donde acabamos dieciséis cooperantes y yo. Comprobamos entonces cómo el corazón de los más pequeños se encariñan a una velocidad mayor que la de un adulto.
A la tarde en nuestra despedida con la familia, entre comentarios y risas, una canción que salía del viejo casete comenzó a sonar sigilosa como esa mujer que se cuela en tu vida. Las notas tristes de una guitarra y una voz cansada y melancólica decía aquello de «ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo». Y de pronto alguien del grupo dijo: —Mirad, ¿habéis visto la cara de los niños?—. Estaban todos en fila, callados e inmóviles, allí con sus camisetitas sucias repletas de churretes, taciturnos. Nos íbamos y en sus rostros podía leerse perfectamente que nos íbamos. No hubo ninguno de nosotros a quien no se le encogiese el pecho ni evitase un nudo en la garganta. Fueron unos minutos en los que el silencio descubrió a Silvio Rodríguez en la Plaza de la Revolución de la ciudad de la Habana cantando «ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta» y todo aquello que me llevan de nuevo a este viaje cada vez que lo escucho.
Esta es una historia a la que le he dado tantísimas vueltas durante todo este tiempo. Es realmente difícil tratar de transmitir lo que uno siente cuando te suceden estos pequeños episodios por ahí perdido. Cuando uno tropieza con el choque de culturas, pero a la vez se consiguen romper por completo todas las fronteras. Ni siquiera el idioma o el sexo supone una barrera insalvable cuando los deseos de conocer nos empujan a partir en dos los grilletes a los que estamos sujetos. Esta es una historia de esas que por más que te afanes por vestirla con palabras, resulta insuficiente, como un plato cocinado al que no por muchos ingredientes consigues darle el sabor que buscas. Pero en definitiva, esta es una historia que el paso de los años no ha podido borrar su huella, porque me enseñó lo que puede ocurrir si decides darte un garbeo de los de verdad. Aún guardo en mi retina (y en la diapo que tomé) la imagen de aquella niña envuelta en las montañas del Rif sonriendo curiosa al mundo a través de mi cámara.
NOTA: La cabecera es una fotografía tomada desde el balcón del hotel España del pueblo de Chef Cahoue, Marruecos.
NOVADEHISTORIA © 2007








