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El objeto a fotografiar debe estar iluminado
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Aunque pueda parecer innecesario por lo obvio, saber el significado de la palabra fotografía nos revela la más importante lección: el objeto a fotografiar debe estar bien iluminado. Es costumbre pensar que podemos fotografiarlo todo; pero aunque es cierto, si aquello que queremos recoger en nuestra cámara no goza de la iluminación óptima y suficiente, bien de forma natural o artificial, el resultado no será el esperado. ¿Por qué sucede esto? Básicamente porque creemos que la cámara de fotos procesa la información de la misma forma que nuestro ojo humano, y no es así. El rango dinámico y la capacidad de ver que posee el hombre (y otros animales) es superior a cualquier aparato. Además de que la medición de la luz es diferente. Me explico.
Seguro que habrás intentado hacer una fotografía a alguien en la ventana, como el famoso cuadro de Dalí Figura en una finestra. Esto se llama «contraluz» y es una de las situaciones más difíciles de solventar debido a que la luz es tomada o medida, o del vano, o de la parte interior de la habitación. De tal modo, si elegimos la primera opción, el interior saldrá oscuro (subexpuesto), y si optamos por tomar la luz de dentro, la ventana sabrá con demasiada luz (sobrexpuesta o quemada). Si a esto le sumamos que generalmente disparamos nuestros aparatos fotográficos en el modo automático, cualquiera sabe cuál puede ser el resultado…
El ejemplo de contraluz en la ventana es uno de los más extremos, pero a veces creamos este tipo de situaciones o parecidas de manera innecesaria. Cuando alguien te pide que le hagas una foto, por regla general, te llevas la cámara al ojo (si tiene visor óptico, pues la moda actual es ver a través de la pantalla) y clic. Si haces esto corres el riesgo de no situar correctamente a la persona a quien deseas tomar el retrato. Si ésta se posiciona con el sol o la luz principal tras de ella, a no ser que salte el flash (y si está lo suficiente cerca como para que le alcance su luz), la cara y el resto del cuerpo aparecerán oscuras (subexpuestas). Procura, siempre que puedas, situarte con el sol o la fuente de luz a tu espalda, y el sujeto u objeto que quieres captar bien iluminado.
Otro consejo importante, especialmente para quien revela las fotos en color es saber a qué hora del día y en qué condiciones hacerlas. Si el cielo está despejado cuando el sol está en su apogeo, la luz es demasiado fuerte y crea contrastes que perjudican la toma. La temperatura de color (sintetizando mucho, más amarillenta o más azulona) y las tonalidades son más suaves, cálidas y bellas cuando amanece y al atardecer. Esos tonos rojizos se deben a la forma de las ondas de color rojo, que llegan más lejos que el resto. Si el cielo está nublado atenúa a cualquier hora la fuerza de los rayos solares, por lo que podríamos hacer fotos a cualquier hora, aunque tampoco gozaríamos de la misma situación que cuando comienza y termina el día. En tal caso, con nubes, los tonos son más plomizos aunque mejores que a plena luz del mediodía.
Con la fotografía en blanco y negro el momento en que se hace la toma importa algo menos, de ahí que muchos fotoperiodistas deciden este estilo porque no pueden elegir el momento en el que suceden los hechos.
Recuerda, fotografía significa escribir con luz, de modo que si estás a oscuras o tienes poca iluminación, es como si tuvieras una pluma sin tinta o a punto de gastarse.
Artículo original en Novadehistoria.com: ¡Haz click aquí!
El camino de Ruanda
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Si estos son ruandeses, desde luego nada tienen que ver con los que me he cruzado durante los dos meses que he permanecido recorriendo el país de las mil colinas. De no ser por las condiciones en las que se encuentra este edificio, pensaría que he terminado en el JFK de Nueva York o en el Midway Internacional de Chicago. Muchos de los negros que se pasean aquí parecen salidos de un videoclip del cantante rapero Snoop Dogg. Ataviados con collares, anillos y colgantes, relojes de pulseras que harían de palacios para cuco, si esto es África, que baje Mandela y lo vea. Ropa con motivos y colores de los «iuesei», como si las prendas hubiesen sido tejidas con la bandera del Estado que dirige Obama. Hasta dónde llega la globalización, pardiez.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».
El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».
Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.
Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.
Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.
Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.
Fuente original en novadehistoria.com
Todo lo que es capaz de capturar una imagen es una cámara
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Primer principio de mi decálogo fotográfico. A veces se me olvida. Frecuentemente, he de reconocerlo. Es difícil escapar de esta vorágine consumista en las que andamos imbuídos. Yo no culpo ni a la publicidad, ni al comercio, ni a los gobiernos neoliberales, ni al capitalismo, ni a amazon o fnac que me mandan correos electrónicos con productos que saben que me pueden interesar. Me parece estúpido hacerlo, qué quieren que les diga. ¿Por qué sacudirnos siempre la responsabilidad de nuestros actos? En última instancia nadie te apunta con una pistola obligándote a comprar otra cámara, otro objetivo, otra mochila, trípode y toda suerte de chalauras que componen hoy día la parafernalia de la fotografía. Oye, ya somos mayorcitos para saber lo que de verdad nos hace falta para hacer fotos y lo que sólo atiende al gusto de consumir, a esa espuria sensación de bienestar cuando uno suelta las pelas y recibe a cambio uno de esos cachivaches bien embalados, nuevos, brillantes, garantizados. A veces disfrutamos sólo comprobando que siguen impolutos a pesar del paso del tiempo. Y eso realmente sólo es por un único motivo: sencillamente, no lo usas.
Soy visual; observo, observo. A través de los ojos comprendo las cosas. Henri Cartier-Bresson
Para comenzar a hacer fotos hace falta una cosa que se llama cámara, nada más. Luego ya vendrán otras necesidades porque es verdad que para realizar encargos en lugares difíciles puede ser necesario mejorar el equipo. Por supuesto. Pero no nos engañemos, llevamos décadas disfrutando de esta práctica y nunca han existido tantos automatismos ni tantas facilidades para conseguir buenas imágenes. Para muestra un botón: díganme cuál es la diferencia a priori entre 10 y 16 megapíxeles. No busquen, no hay tal diferencia. A no ser que impriman a un tamaño mayor de un A3, ni facebook, flickr o instagram lo notarán.
Sospecho que en los tiempos que corren disfrutamos más adquiriendo material que utilizándolo, y eso sólo nos llevará a una conclusión: la fotografía no nos gusta; porque fotografiar es hacer fotos, así de siempre. Acudan al diccionario, ¿verdad que no dice: fotografía, 1. f. Arte de fijar y reproducir por medio de reacciones químicas, en superficies convenientemente preparadas, las imágenes recogidas en el fondo de una cámara oscura «que sea güena, a ser posible cara y una novedad en el mercado.»? (el entrecomillado es mío).
Esta actividad debe sostenerse por el simple gozo y disfrute en sí misma, como un juego. Lo aprendí en el taller de Ricky Dávila. No es el resultado, es la acción; preparar el viaje o la salida, elegir el lugar, el contexto, el proyecto, el problema, la pregunta que uno desea resolver. Es madrugar, pasar horas en los aeropuertos y también cargar con la cámara cuando se va al kiosco a por tabaco. Es vivir detrás del objetivo en los cumpleaños, en las bodas, en el café de la tarde. Todo eso es fotografía y no nos pide grandes equipos para comenzar a disfrutar de ella. Ni vas a conseguir mejores fotos porque la tengas más grande, no nos engañemos. Ya tendrás tiempo de perfeccionar la técnica, de ampliar las lentes, de cambiar de modelo, de saber que a veces menos es más, y que cargar con una D800 o una Mark III durante horas le cansa a un camello.
Más que una profesión, la fotografía ha sido siempre una pasión para mi, una pasión más cercana a la obsesión. Marc Riboud
Ahora todo el mundo quiere una réflex, sin saber siquiera por qué se llama así. Sin darse cuenta de que con las compactas que se fabrican se pueden obtener imágenes de la misma calidad en la mayoría de las situaciones. Por elegir un ejemplo, de los dos fotoperiodistas galardonados con el Pulitzer que tenemos en España, Javier Bauluz hizo su último trabajo, Resistencia minera (2013), con un iPhone. Y otro fotógrafo de renombre como José Ramón Bas utiliza desechables y cámaras que suele comprar en los lugares a los que viaja y luego revende o abandona allí mismo. Por supuesto, sin que redunde negativamente en sus obras, pues han sido galardonadas con varios premios y ha expuesto en multitud de galerías y exposiciones, así como editado varios libros.
Con esto no quiero decir que no tengamos que detenernos a pensar en el instrumento que vamos a utilizar para afotar, o que si nos dedicamos a ello profesionalmente basta con ir con el móvil para cubrir una boda o un bautizo. No hablo de este tipo de fotografía que comprendo que tienen sus necesidades particulares. Yo sólo pretendo advertir del error en el que incurriríamos si nos saltamos el paso más importante de todos: disfrutar haciendo fotos. Y aquí, pedir consejo y asesorarse con buenos profesionales, profesores o tutores que nos guíen en este sentido es una gran idea cuando de lo que se trata, de lo que vengo a hablarles hoy aquí, ni siquiera es de cómo pueden ahorrar o gastar lo menos posible con la fotografía, sino, más importante aún: cómo podemos disfrutar de hacer fotos. Repito: hacer fotos. Esto es otra cosa.
Si no me he sabido explicar demasiado bien, les recomiendo un librito que es una auténtica joya. En él viene recogida, no solo la vida y obra de su autor, sino algunas de sus entrevistas y varios textitos sueltos acerca de su relación con este arte. Me refiero a El disparo fotográfico del maestro Henri Cartier-Bresson, editado por BLUME (2012). Para el fotógrafo gabacho: Fotografiar es poner en el mismo punto de mira la cabeza, el ojo y el corazón. Es una forma de vida. Podrán entender estas palabras, pero para llegar a comprenderlas no basta con comprarse una cámara de hacer fotos, es imprescindible eso: hacerlas.
Nota: Elliot Erwitt, Magnum Photo (fotografía de cabecera).
Una niña en el Rif
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias.
Para situarles debo decirles que cuando llegamos al aldeorrio en aquel furgón desvencijado después de varias horas por caminos de tierra y arena, lo primero que nos dijeron es que las mujeres y las niñas no se acercan a los extraños; esto estaba muy mal visto en ese lugar por donde apenas pasaba nadie. En los últimos años poco más que un par de cooperantes de ONG pusieron el pie allí, trataron de hacer funcionar un servicio de lavadoras con energía fotovoltaica, y más tarde se enteraron de que las placas solares de la lavandería se retiraron para emplearse en unos nuevos televisores. Al parecer decidieron que entre seguir fregando a mano y ver la tele, lo primero les ahorraría tiempo, pero tiempo era precisamente lo único que les sobraba.
Aquel fue mi primer viaje de recorrer carreteras y calles con mochila al hombro y cámara al cuello como el mayordomo del castillo que se cuelga la llave maestra. Era entonces cuando comenzaba a hacer fotografías, ya saben; que si encuadrar aquí, que si la regla de los tercios, que si el diafragma, la velocidad, el angular, tal… y de repente una niña salida de la nada irrumpió en mi visor. Debía de tener unos siete años y se acercó con la curiosidad propia de esa edad y la suma de vivir en un lugar olvidado, esos que todavía existen donde la distancia y el paso del tiempo te hacen más viejo y más antiguo que en cualquier otra parte. Esos lugares donde la vida pasa lenta, muy lenta; pero dejando marcas en el rostro tan tempranas como indelebles. Allí entre las montañas por las que cazcaleaba tranquila la quietud infinita, emigrante desde este otro lado del planeta en el que llevamos tanto tiempo volviéndonos locos.
Pero a lo que iba, decía que ni las niñas ni las mujeres hablaban con desconocidos. Esto lo habíamos comprobado con rapidez nada más bajarnos del furgón, pues a las primeras sólo las vimos jugando y correteando entre el chorro de críos que nos seguían constantemente, pero rehuían como palomas desconfiadas en una plaza pública. Y a las mujeres adultas, nunca vi más que a una en la casa donde nos acogieron. Es por esto que aquella mañana, yo sólo entre las montañas, al amanecer, aquella niña de siete años que se acercaba sin tapujos ni timidez me dejó helado. Se encontraba apacentando a tres o cuatro cabras del ganado familiar. Debía de haber madrugado bastante para este trabajo, pero imagino que andaría pensando en sus cosas, mirando al horizonte preguntándose qué demonios habría tras el mar de cordilleras que la separaba de casi todo. Entre señales con las manos, mi escaso francés de bachillerato y sus dos palabras de español, aprendimos nuestros nombres. Observó la cámara con asombro y curiosidad, intentando trastearla en una lucha consigo misma entre el respeto hacia mí y los deseos de saber qué era el cacharro que llevaba encima. Captura imágenes, intenté explicarle. Tenía una Nikon F8, la de carrete, así que no podía hacer una fotografía y mostrársela en la pantalla. Sin embargo, debió de entenderlo a la perfección, pues enseguida se dispuso a posar permitiéndome retener una experiencia que comprendí al instante no iba a olvidárseme jamás.
Silvio Rodríguez, Ojalá. Concierto en la Plaza de la Revolución de ciudad Habana con la gran orquesta de Jazz Afrocuba, 1989.
Siempre estará ligada esta canción a los niños de una aldea perdida de Marruecos donde acabamos dieciséis cooperantes y yo. Comprobamos entonces cómo el corazón de los más pequeños se encariñan a una velocidad mayor que la de un adulto.
A la tarde en nuestra despedida con la familia, entre comentarios y risas, una canción que salía del viejo casete comenzó a sonar sigilosa como esa mujer que se cuela en tu vida. Las notas tristes de una guitarra y una voz cansada y melancólica decía aquello de «ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo». Y de pronto alguien del grupo dijo: —Mirad, ¿habéis visto la cara de los niños?—. Estaban todos en fila, callados e inmóviles, allí con sus camisetitas sucias repletas de churretes, taciturnos. Nos íbamos y en sus rostros podía leerse perfectamente que nos íbamos. No hubo ninguno de nosotros a quien no se le encogiese el pecho ni evitase un nudo en la garganta. Fueron unos minutos en los que el silencio descubrió a Silvio Rodríguez en la Plaza de la Revolución de la ciudad de la Habana cantando «ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta» y todo aquello que me llevan de nuevo a este viaje cada vez que lo escucho.
Esta es una historia a la que le he dado tantísimas vueltas durante todo este tiempo. Es realmente difícil tratar de transmitir lo que uno siente cuando te suceden estos pequeños episodios por ahí perdido. Cuando uno tropieza con el choque de culturas, pero a la vez se consiguen romper por completo todas las fronteras. Ni siquiera el idioma o el sexo supone una barrera insalvable cuando los deseos de conocer nos empujan a partir en dos los grilletes a los que estamos sujetos. Esta es una historia de esas que por más que te afanes por vestirla con palabras, resulta insuficiente, como un plato cocinado al que no por muchos ingredientes consigues darle el sabor que buscas. Pero en definitiva, esta es una historia que el paso de los años no ha podido borrar su huella, porque me enseñó lo que puede ocurrir si decides darte un garbeo de los de verdad. Aún guardo en mi retina (y en la diapo que tomé) la imagen de aquella niña envuelta en las montañas del Rif sonriendo curiosa al mundo a través de mi cámara.
NOTA: La cabecera es una fotografía tomada desde el balcón del hotel España del pueblo de Chef Cahoue, Marruecos.
NOVADEHISTORIA © 2007
Entrevista a Samuel Aranda
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
"Lo que pasa en España me enfada muchísimo,
me planteo por qué no sucede algo que cambie este sistema político".
me planteo por qué no sucede algo que cambie este sistema político".
—Samuel Aranda, entrevista propia.
Samuel Aranda es nuestro protagonista en el día de hoy. Una entrevista personal que destacamos en nuestro blog, realizada por nuestro colaborador y amigo Rafa González-García. Sin su cámara para expresarse, el entrevistador consigue dialogar con Aranda con el objetivo de desmontar a uno de los personajes vitales para explicar el sino del fotoperiodismo en España y el mundo.
Hace poco Alberto Rojas publicó para El Mundo un artículo (Capa en Instagram) sobre la virtualidad de si Robert Capa viviese hoy. Cuando Life sacó la fotografía del miliciano caído en Cerro Muriano fue un impacto mediático que aparte de encumbrarlo en el mundo del fotoperiodismo tuvo repercusiones a nivel social y político. La polémica en torno a aquella fotografía es sobre todo posterior. Sin embargo actualmente estamos acostumbrados a este tipo de situaciones, incluso tú mismo viviste algo parecido con la fotografía de Yemen que fue premiada en el World Press de 2012. ¿Qué siente un fotógrafo cuando hay mayor preocupación y se habla más del retoque, de la composición de la fotografía, de si se ha posado, y en cambio se habla muy poco, o a veces nada, del conflicto o la tragedia que simboliza esa imagen?
Yo no creo que sea así, a mi parecer se habla más del conflicto que de la estética o de la manipulación de la imagen. Luego, esto último forma parte de una evolución. Creo que con las nuevas tecnologías estamos viviendo un proceso de evolución que al principio se entendía como algo positivo porque facilitaba el trabajo. Aunque ahora están suscitándose controversias en el sentido de si se utiliza demasiado el photoshop y ese tipo de cosas… Seguramente alguna cosa se ha hecho mal y eso ha provocado que surjan esas controversias, pero yo creo que estamos evolucionando para que eso no continúe pasando. En el último WordPressPhoto después del mío, la foto de Gaza se criticó mucho por el tema del retoque; pues este año ya han cambiado las bases para establecer los límites que hay de postproducción. Lo que está claro es que lo que pretendas transmitir, mientras sea estéticamente más impactante, mejor. Quizás el orden, pues sí que es verdad que lo primero es la estética, el premio y tal, pero yo creo que se habla más del conflicto en sí que de todo eso.
Un ejemplo de esto fue la publicación de una de tus fotografías en The New York Times, el periódico para el que trabajas, donde un señor hurga en el contenedor de basura en Girona y se usó como icono de la crisis en España. La fotografía fuecriticada por el ministro de exteriores García-Margallo porque —decía— que estaba tomada en Grecia y por supuesto daba una imagen equivocada de nuestro país. Independientemente de esta estéril polémica, ¿es tan diferente la imagen que se tiene de España desde fuera a la que tenemos de nosotros mismos?
Tenemos el fenómeno de los nuevos ricos y nos da mucho miedo cómo estamos ahora. Por ejemplo mis padres, de esas fotografías en blanco y negro me decían que se parece a la posguerra, a la época franquista… La imagen que se tiene fuera de España es la imagen que se acerca más a la realidad. Yo ayer paseaba por Fuengirola y es que da pena, los locales están casi todos cerrados, en venta, en alquiler. Si no queremos ver eso el problema es nuestro. Tenemos un problema de conciencia y de falsas expectativas de nuestro país. Y yo creo que estamos pasando un momento muy difícil, muy muy malo, el de muchas familias… bueno, ahí están las cifras de Cruz Roja, de comedores sociales, de desahucios. Caer en la simpleza de criticar a un fotógrafo, a un periodista por hacer el trabajo ese, creo que es absurdo. Sería mejor criticar a los bancos y a los políticos que están causando todo esto, ¿no?
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Hace poco Alberto Rojas publicó para El Mundo un artículo (Capa en Instagram) sobre la virtualidad de si Robert Capa viviese hoy. Cuando Life sacó la fotografía del miliciano caído en Cerro Muriano fue un impacto mediático que aparte de encumbrarlo en el mundo del fotoperiodismo tuvo repercusiones a nivel social y político. La polémica en torno a aquella fotografía es sobre todo posterior. Sin embargo actualmente estamos acostumbrados a este tipo de situaciones, incluso tú mismo viviste algo parecido con la fotografía de Yemen que fue premiada en el World Press de 2012. ¿Qué siente un fotógrafo cuando hay mayor preocupación y se habla más del retoque, de la composición de la fotografía, de si se ha posado, y en cambio se habla muy poco, o a veces nada, del conflicto o la tragedia que simboliza esa imagen?
Yo no creo que sea así, a mi parecer se habla más del conflicto que de la estética o de la manipulación de la imagen. Luego, esto último forma parte de una evolución. Creo que con las nuevas tecnologías estamos viviendo un proceso de evolución que al principio se entendía como algo positivo porque facilitaba el trabajo. Aunque ahora están suscitándose controversias en el sentido de si se utiliza demasiado el photoshop y ese tipo de cosas… Seguramente alguna cosa se ha hecho mal y eso ha provocado que surjan esas controversias, pero yo creo que estamos evolucionando para que eso no continúe pasando. En el último WordPressPhoto después del mío, la foto de Gaza se criticó mucho por el tema del retoque; pues este año ya han cambiado las bases para establecer los límites que hay de postproducción. Lo que está claro es que lo que pretendas transmitir, mientras sea estéticamente más impactante, mejor. Quizás el orden, pues sí que es verdad que lo primero es la estética, el premio y tal, pero yo creo que se habla más del conflicto en sí que de todo eso.
Un ejemplo de esto fue la publicación de una de tus fotografías en The New York Times, el periódico para el que trabajas, donde un señor hurga en el contenedor de basura en Girona y se usó como icono de la crisis en España. La fotografía fuecriticada por el ministro de exteriores García-Margallo porque —decía— que estaba tomada en Grecia y por supuesto daba una imagen equivocada de nuestro país. Independientemente de esta estéril polémica, ¿es tan diferente la imagen que se tiene de España desde fuera a la que tenemos de nosotros mismos?
Tenemos el fenómeno de los nuevos ricos y nos da mucho miedo cómo estamos ahora. Por ejemplo mis padres, de esas fotografías en blanco y negro me decían que se parece a la posguerra, a la época franquista… La imagen que se tiene fuera de España es la imagen que se acerca más a la realidad. Yo ayer paseaba por Fuengirola y es que da pena, los locales están casi todos cerrados, en venta, en alquiler. Si no queremos ver eso el problema es nuestro. Tenemos un problema de conciencia y de falsas expectativas de nuestro país. Y yo creo que estamos pasando un momento muy difícil, muy muy malo, el de muchas familias… bueno, ahí están las cifras de Cruz Roja, de comedores sociales, de desahucios. Caer en la simpleza de criticar a un fotógrafo, a un periodista por hacer el trabajo ese, creo que es absurdo. Sería mejor criticar a los bancos y a los políticos que están causando todo esto, ¿no?
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El ejemplo de Meneses
Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.
Comprendió la vida. La vivió intensamente. Fue espléndido a la hora de dar a la vida todo lo que
tenía que darle... Vivió con valor, con vigor, con una insólita integridad.
—Edward Steichen sobre Robert Capa.
De haber sabido que la publicación de mi artículo rondaría el centenario del nacimiento de Roberto Capa hubiese hablado de él por motivos comerciales, pero como no fue así y tampoco soy muy de venderme el destino ha querido que en el cumpleaños del maestro recordemos a otro grandísimo de este mundo.
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| Guadalupe de la Vallina para JotDown |
La última vez que vi a Enrique Meneses fue en Cuba, me llevé su libro a la isla. Sí, esto es tanto como decir que no lo vi nunca, pero desde entonces no he podido evitar acordarme con bastante frecuencia de este viejo periodista que tenía la grandeza de atender a personas como el que firma lo que escribe. Les paso un fragmento la conversación que intercambié con él en mayo de 2011:
Enrique es un inspirador, como sólo puede ser una persona apasionada con lo que hace; en lo que ha convertido su vida. Me refiero a ésas a quienes les brillan los ojos cuando hablan de su trabajo y no saben diferenciar lo uno de lo otro, tanto para bien como para mal. Pero es que precisamente por eso son los mejores.
Cuba fue mi primera gran aventura. Un mes en el que me dediqué a recorrer la antigua colonia española de punta a punta sin más compañía conocida que Hasta aquí hemos llegado. Fraga, después de leerlas, le llegó a decir a Meneses cuánto ha viajado usted y cuánto ha follado. Esa maña de cautivador que le permitía al reportero conquistar no sólo el sexo de una mujer, sino toda empresa que se propusiera le convirtió en uno de los mejores en lo que hacía. Recientemente he comentado con la fotógrafa Beatriz Portimari sobre él, y ella que lo conoció me decía que seguía siendo el mismo aún atado a una botella de oxígeno como estuvo durante sus últimos días. Demonios, cómo disfruté con aquellas memorias y cuánta envidia me daba la vida que estrujó este viejo seductor. Otro Robert Capa, pensé.
Rafa: Enrique, una de las cosas que más admiré de ti cuando leí tus memorias fue conocer esa faceta aventurera en todos los sentidos, sobre todo, en el de conquistador. Qué buenas batallas narrabas. Me recordaste mucho a Capa... o quizás Capa me recuerda a ti. Cuando uno es aventurero, no puede dejar de serlo en ningún aspecto. Al menos esa fue la impresión que me dio. Un fuerte abrazo. Sigue así de bien.
Enrique: Muchas gracias por tu aliento, Rafa. Veo que eres aventurero y es lo mejor que te puede pasar. Siempre digo que no tenemos nada que ver ni con turistas ni viajeros. Viajamos solos, organizándonos. Nada de viajes exóticos con precio cerrado que incluye propinas. Hay que buscar el obstáculo para tener el placer de vencerlo.
Enrique es un inspirador, como sólo puede ser una persona apasionada con lo que hace; en lo que ha convertido su vida. Me refiero a ésas a quienes les brillan los ojos cuando hablan de su trabajo y no saben diferenciar lo uno de lo otro, tanto para bien como para mal. Pero es que precisamente por eso son los mejores.
Cuba fue mi primera gran aventura. Un mes en el que me dediqué a recorrer la antigua colonia española de punta a punta sin más compañía conocida que Hasta aquí hemos llegado. Fraga, después de leerlas, le llegó a decir a Meneses cuánto ha viajado usted y cuánto ha follado. Esa maña de cautivador que le permitía al reportero conquistar no sólo el sexo de una mujer, sino toda empresa que se propusiera le convirtió en uno de los mejores en lo que hacía. Recientemente he comentado con la fotógrafa Beatriz Portimari sobre él, y ella que lo conoció me decía que seguía siendo el mismo aún atado a una botella de oxígeno como estuvo durante sus últimos días. Demonios, cómo disfruté con aquellas memorias y cuánta envidia me daba la vida que estrujó este viejo seductor. Otro Robert Capa, pensé.
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| Revolucionarios en Sierra Maestra durante la Batalla de Pino del Agua. Enrique Meneses — Fundación Enrique Meneses |
En Cuba, a diferencia de él que descubrió la revolución de Fidel y del Che en 1959, yo conviví con un grupo de jóvenes contrarrevolucionarios del régimen castrista y amantes de la libertad. Meneses fue el único periodista que supo llegar a Sierra Maestra. Yo en cambio me sentía como uno de los pocos que comprendía a muchos habitantes de la isla caribeña. Un domingo de aquel agosto anoté en mi diario:
Suelo preguntarme cómo deben de sentirse algunos cubanos cuando apuntan nuestras señas sabiendo que les servirán de poco o de nada. Es prácticamente imposible que salgan de esta cárcel. Esto me ha dejado K.O., sin palabras, sin saber qué decir, ni qué narices hacer; completamente impotente y estúpido cuando le di mi dirección a Jose.
Imagino que llegaré a casa y se me olvidará todo. Los amigos me preguntarán entre risas a cuántas negras me he follado, o se burlarán de mí por no haberme tirado a ninguna. Estaremos, no sé, en un chiringuito en la playa bebiendo un mojito y hablarán de pintaúñas, de pasta de dientes, de medias y de distintos abalorios que suelen intercambiarse por colarse entre las piernas de una mulatita jinetera. Otros pensarán que no es verdad, que nadie se prostituye por un pintalabios. Y mientras miles de turistas sexuales que visitan la isla lo confirman cada año, y a los que se quedan en España les cuesta creer que no es verdad, que nadie se vende por tan poco; yo pensaré que el mundo está loco. Y que la peor de las carencias es la empatía, y que las grandes enfermedades de este planeta siguen siendo la ignorancia y la indolencia. Ahora me siento mal de imaginar cuando me marche y Jose y los demás deban quedarse aquí encerrados. Me siento como un gilipollas.
Diario de Cuba. 2010.
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| Familia vendiendo carne en la entrada de su casa. Santiago de Cuba. 2010. Foto: Rafa González-García |
Allí aprendí la lección que Don Quijote desveló a su escudero cuando le dijo aquello de «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».
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Posdata: Quiero agradecer a Enrique Meneses el ejemplo que nos legó. Este curso he comenzado recomendando a mis alumnos de Historia esas memorias por cuánto enseñan sobre la esencia de la vida. Aquello que decía Carl G. Jung de «La vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir». Así pienso hacer durante todos los que me resten. Y también a Gervasio Sánchez, porque gracias a él El loco de Sarajevo pudo publicar Hasta aquí hemos llegado y ser rescatado del olvido al que suele someter este país cuando no se trata de dar patadas a un balón.
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El decálogo del aventurero
1.- Piensa que no has heredado este planeta sino que lo tienes en usufructo y has de devolverlo mejor que lo encontraste.
2.- El artículo anterior te obliga a respetar a los animales, las plantas y los minerales. Entre los primeros no solo está el hombre. Por añadidura, el más débil tiene razón.
3.- La cultura occidental es la que se ha impuesto en el mundo pero no significa que sea la auténtica. Respeta el saber de los demás como el tuyo propio.
4.- La mujer y el niño son la Humanidad en su más puro estado. Respétalos siempre, pues son la semilla que hay en ti.
5.- Lo que han fabricado las manos del hombre en un entorno, debe permanecer en ese ambiente. Lucha porque así sea.
6.- El animal más feroz es menos peligroso que tú. El mayor depredador de la Tierra es el hombre.
7.- Si todos fuésemos iguales, este planeta sería aburridísimo en extremo. Ayuda a que todos sus habitantes sigan siendo ellos mismos y defiende sus costumbres siempre que éstas no atenten a la dignidad de sus semejantes.
8.- Reparar no es restaurar. Cuando destruimos un bosque, jamás lo podremos reconstruir como fue. Solo ponemos esparadrapos.
9.- Escucha a los indígenas y a los mayores. Sus enseñanzas te serán valiosas en el futuro. No los desprecies. Son la experiencia de nuestra estirpe, nuestra memoria genética.
10.- Si eres un auténtico aventurero, sé fuerte con los fuertes y débil con los débiles. Y así, como decía Rudyard Kipling, te podrás llamar “hombre”.
Bibliografía y documentales
• Enrique Meneses: Hasta aquí hemos llegado. Ediciones el viento, 2006.
• Enrique Meneses. La vida de un reportero. La Fábrica, 2013.
• Kike Álvarez: Cien miradas de Enrique Meneses. Asociación de Prensa de Madrid. 2007.
• Oxígeno para vivir. El Reló y TVE. 2013.
1.- Piensa que no has heredado este planeta sino que lo tienes en usufructo y has de devolverlo mejor que lo encontraste.
2.- El artículo anterior te obliga a respetar a los animales, las plantas y los minerales. Entre los primeros no solo está el hombre. Por añadidura, el más débil tiene razón.
3.- La cultura occidental es la que se ha impuesto en el mundo pero no significa que sea la auténtica. Respeta el saber de los demás como el tuyo propio.
4.- La mujer y el niño son la Humanidad en su más puro estado. Respétalos siempre, pues son la semilla que hay en ti.
5.- Lo que han fabricado las manos del hombre en un entorno, debe permanecer en ese ambiente. Lucha porque así sea.
6.- El animal más feroz es menos peligroso que tú. El mayor depredador de la Tierra es el hombre.
7.- Si todos fuésemos iguales, este planeta sería aburridísimo en extremo. Ayuda a que todos sus habitantes sigan siendo ellos mismos y defiende sus costumbres siempre que éstas no atenten a la dignidad de sus semejantes.
8.- Reparar no es restaurar. Cuando destruimos un bosque, jamás lo podremos reconstruir como fue. Solo ponemos esparadrapos.
9.- Escucha a los indígenas y a los mayores. Sus enseñanzas te serán valiosas en el futuro. No los desprecies. Son la experiencia de nuestra estirpe, nuestra memoria genética.
10.- Si eres un auténtico aventurero, sé fuerte con los fuertes y débil con los débiles. Y así, como decía Rudyard Kipling, te podrás llamar “hombre”.
Escrito por Enrique Meneses
Bibliografía y documentales
• Enrique Meneses: Hasta aquí hemos llegado. Ediciones el viento, 2006.
• Enrique Meneses. La vida de un reportero. La Fábrica, 2013.
• Kike Álvarez: Cien miradas de Enrique Meneses. Asociación de Prensa de Madrid. 2007.
• Oxígeno para vivir. El Reló y TVE. 2013.
Se avecina tormenta
No va de fotografía. Una sección de Rafa González-García.
Nuestro destino de viaje nunca es un lugar,
sino una nueva forma de ver las cosas.
—Henry Miller.
Me miraba a los ojos inquisitiva y escrutadora igual que una niña que abre por primera vez una caja de muñecas y comprueba que no le falta un complemento. El vino era el único testigo en nuestra conversación, y en la pesquisa, hablando de los rincones del mundo, salió a relucir la pregunta sobre cuáles creía que habían brillado más intensamente en mis pupilas, cuáles fueron los que despertaron mayor asombro en mi boca. En estos casos cualquiera hubiese aceptado como buena elección el Taj Mahal que levantó Jahan en Adra por amor a su esposa Mumtaz, por ejemplo. O quizás la noble escalinata del Altar de Zeus que podemos disfrutar con fruición en el Pergamonmuseum de Berlín. Por qué no elegir la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, en La Habana, donde un cañón escupe cada día una bola de fuego rememorando la época colonial. El Danubio visto desde el Palacio de Buda dibuja una bella postal cuando el invierno blanquea los tejados de la capital húngara. La Place de la Concorde, el Hôtel National des Invalides, la Tour Eiffel. Siendo más patrio, bien podría haberme acordado de la Alhambra de Granada por poner un caso. Pero no, no dije ninguno de tales, ni siquiera la Piazza Maggiore de Bologna y su cine de verano, que ahora cuando escribo estas líneas recuerdo con gusto la noche en que me recibió con Peter O'Toole rodeado de jeques en Laurence de Arabia.
Mientras hacía otro esfuerzo memorístico mojé los labios en el Protos que reposaba en el cristal de mi copa, esperando, que el néctar de la uva evocara estampas pasadas y acudieran las que al parecer estuvieron obligadas a deslumbrar mi corazón en su momento. Pero el caso es que París, Roma, Florencia, Verona, Berlín, Riga, Cracovia y Madrid pasaron rápidas como un chispazo; luego vinieron Santiago de Cuba, Xaouen, Jerusalén, Nueva Delhi, Kampala y Jenin corriendo la misma suerte.
No son los lugares —le dije al poco—. Es la gente, es lo vivido. Es el húmedo aprendizaje que termina calando en los huesos como el sirimiri de lo que no puedo desprenderme cuando regreso. En todos y cada uno de ellos disfruté y traté de asimilar la condición humana. Pero lo hice gracias a esas vivencias que sólo te brinda el contacto con los demás, igual que estamos tú y yo aquí y ahora, en este Balcón de Europa que se asoma desde el acantilado con osadía, oteando el mar que le distancia del otro.
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Anciana sentada en el zaguán de su casa.
Santiago de Cuba, 2010.
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Mi búsqueda no tiene dirección concreta. Llevo un cuaderno de notas y una cámara fotográfica como excusas. En el primero recojo las ideas que me enseña el segundo. Son un pretexto perfecto para vagamundear en soledad ejercitando la mirada, indefectible cuando de verdad te inquieta el mundo, cuando de veras te llama la atención esos ruidos que se oyen ahí afuera. Que yo sepa esto sólo lo transmiten las personas, con frecuencia de culturas diferentes; las que te obligan a cambiar ese enfoque al que estás acostumbrado. Saltando las fronteras regresamos a la infancia más profunda, volvemos a ser aquel niño que se asombraba con todo lo que sobrevenía a su alrededor. Vestido con un pantalón corto y faltriqueras repletas de dudas que impedían que cerrara los ojos y a veces la boca. Mi cámara es un tirachinas, cuelga de mi bolsillo, lo saco y disparo a ver qué ocurre.
Es un alivio zanquear así por el planeta, sin esperar nada. Las habitaciones de los hoteles más inmundos parecen maravillosas suites, los autobuses más incómodos y peligrosos se parangonan con grandes limusinas. Todo se transforma como en el cuento de La Cenicienta donde de pronto una calabaza se convierte en elegante carroza y diminutos ratones en magnos caballos que tiran de ella. Las más adversas vicisitudes que en cualquier paquete de agencia de viajes con banderita y bufé libre se considerarían auténticas tragedias, aquí son los capítulos de un libro, tan pedagógicos y formativos como cualquiera.
Cuando estuve en el desierto de Thar, cerca de Jaisalmer, en la India, coincidí con varios grupos para pernoctar al aire libre, sensación única que siempre menciona todo el mundo que lo ha experimentado. Habíamos caminado en camello hasta la puesta de sol, pero lo que se suponía iba a ser un mar de estrellas al caer la tarde pronto se tornó en absoluta oscuridad. Teníamos un toldo agujerado para protegernos del viento y de la lluvia. Me acompañaban una pareja de catalanes y otra de argentinos. Cuando el cielo se cerró y comenzó a descargar con violencia aquella tormenta, tuvimos que sujetar con tal fuerza la lona que pareció como si fuésemos a volar todos juntos arrastrados por los enérgicos soplidos de Eolo. La tromba de agua golpeaba con insistencia y la luz cegadora del rayo anunciaba el inminente crujido del trueno como si las nubes se retorciesen. Por unos instantes, igual que el resto, también temí que aquello no terminara bien. Quién sabe cómo podríamos haber acabado si el plástico se hubiese volado. Nos habríamos empapado hasta los tuétanos esperando a que el sol nos calentara de nuevo. Pasé la noche contando chistes horrorosos y un poco de Historia del siglo XX. Con lo primero trataba de sosegar el ambiente, con lo segundo buscaba directamente que se durmieran. Mis compañeros se lo tomaron peor, o quizás yo no fui consciente. Pero puedo asegurarte que hoy todos lo recordamos como algo positivo, el habernos encontrado allí y ver cómo reaccionábamos ante tales circunstancias.
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Camelleros cocinando la cena.
Desierto del Thar, Jaisalmer, 2012.
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Ella siguió pensativa, con esa mirada perdida que sólo inquieta al hombre cuando la adopta una mujer. Le di el último sorbo a la copa y mientras resbalando caía por mi garganta el líquido báquico pude sentir nuevamente cómo las gotas de lluvia lo hacían sobre la lona que nos protegió a Domingo, Laia, Celes, Tomás, y al que firma estas líneas, con la añoranza de quien guarda el deseo de volver a marcharse.
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Kapunscinski cierra las últimas páginas de su libro Viajes con Heródoto con las siguientes palabras:
«El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír. […]
La mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en un solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana habrá dejado de fascinarlo. Tiene que partir hacia nuevos lugares y nuevos hechos.
Personas como él, útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando —a veces— les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo sentido e importancia.
A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. La pregunta por el país que más les gusta cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una manera u otra, todos; todos tienen su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino: he aquí lo que anhelan.» (1)
La mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en un solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana habrá dejado de fascinarlo. Tiene que partir hacia nuevos lugares y nuevos hechos.
Personas como él, útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando —a veces— les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo sentido e importancia.
A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. La pregunta por el país que más les gusta cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una manera u otra, todos; todos tienen su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino: he aquí lo que anhelan.» (1)
Mi nombre es Rafa, a veces entro en una clase y cuento cosas. A partir de ahora también me encontrarán por aquí.
1. Ryszard Kapunscinski, Viajes con Heródoto. Anagrama, pág. 300-302.











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