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El camino de Ruanda

Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.



 
Si estos son ruandeses, desde luego nada tienen que ver con los que me he cruzado durante los dos meses que he permanecido recorriendo el país de las mil colinas. De no ser por las condiciones en las que se encuentra este edificio, pensaría que he terminado en el JFK de Nueva York o en el Midway Internacional de Chicago. Muchos de los negros que se pasean aquí parecen salidos de un videoclip del cantante rapero Snoop Dogg. Ataviados con collares, anillos y colgantes, relojes de pulseras que harían de palacios para cuco, si esto es África, que baje Mandela y lo vea. Ropa con motivos y colores de los «iuesei», como si las prendas hubiesen sido tejidas con la bandera del Estado que dirige Obama. Hasta dónde llega la globalización, pardiez.

Sí, escribo esta entrada desde el aeropuerto de Kigali, justo antes de volver a España de un viaje, esta vez por Ruanda. Pero tampoco he regresado hoy para hablarles de los africanos que visten horteras como jugadores de la NBA de los noventa. Yo quería resumirles la historia de estas vacaciones para que conozcan las vidas de personas que hacen de este mundo un lugar más habitable y más humano, sobre todo cuando la otra parte se empeña en conseguir lo contrario. No es que los negritos sean buenas personas desde que nacen, como si el color de la piel tuviese algo que ver, niet. Sólo que hasta dónde he conocido en este periplo, estas gentes inocentes parece que nunca rompieron un plato. Según en qué sentido, cuesta bastante creer que en 1994 se pasaran unos a otros alegremente por el machete. Hagan la prueba y busquen en Google: ‘Ruanda’, en seguida les aparecerá a su lado ‘1994’, año del genocidio. Y sin embargo aquí he comprendido las palabras de Andrés Montes: «la vida puede ser maravillosa».

El caso es que he visitado tres proyectos humanitarios de esos que cortan la respiración y anudan la garganta. Realidades tan alejadas que se escapan de las portadas de las revistas y los periódicos, evitando estúpidamente que podamos crecer con valores que harían mejor lo que llamamos «países desarrollados».



Mil Colinas es la ONG, la fundación, la familia (como preferimos llamarla quienes hemos tenido la suerte de conocerla de cerca) que creó María Fernández, una joven educadora social de Madrid, junto con Jesús Chamorro, empresario leonés comprometido con este tipo de causas, y otras personas que colaboran y trabajan en uno de los lugares más pobres del globo. Les hablaré de ellos durante todo el curso, pues los lazos que hemos estrechado han sido firmes, y espero que duraderos. Pero ahora permítanme una ligera presentación de Rukara para que vayan penetrando en el lugar donde existe la utopía.

Casi todos los días los pasé en Mil Colinas, y María ha sido quien me ha enseñado la realidad de un país que en números se coloca en el puesto 151 del Índice de Desarrollo Humano. Hablar de esta madrileña e intentar describirla apresuradamente en un par de líneas es algo que no está a mi alcance. De momento sólo puedo afirmar que no he conocido a nadie igual, y dudo que existan personas con un corazón de semejante tamaño. La dedicación y la labor educativa y afectiva que, junto con Safari, Angelique y Olive, arropa a los niños, no sólo es encomiable, sino que, diría, es imprescindible verlo para poder creerlo. Me dedico a la enseñanza, ya saben, pero nunca vi un entorno que encajase de un modo tan cercano el concepto familiar para tratarse de una institución académica o formativa. Es decir, que aquella conclusión a la que llegaba Daniel Pennac en Mal de escuela toma forma en el aula de Mil Colinas.

Me perdí todo este tiempo grabando vídeos y entrevistas, fotografiando hambrientos de alimentos y de afecto. Niños tratados con mayor crudeza que a un adulto, abandonados a que correteen su suerte, obligados a trabajar cuando apenas levantan un palmo del suelo. Créanme, que me los topé en carreteras y caminos con menos de cuatro años, caminando solos, a veces cargados como animales de garrafas de agua, a veces leña para la cocina. Olí el hedor que desprende la pobreza, mucha pobreza. Pequeños pelando tubérculos con un «umuhoro» (machete) más largo que sus hermanos mayores. Me colé hasta las profundidades de Rukara (situada a unos cien kilómetros de Kigali, la capital) para traerles un documento gráfico que pueda servirles para replantearse lo que se hayan podido plantear. Pues nuestros esquemas se parten en mil pedazos cuando ves cómo existen escuelas donde los alumnos no tienen libros y en cambio les ruge el apetito de un león por conocer eso que hay más allá de sus polvorientas calles. Asistí a mi primer parto y vi cómo cosían sin inmutarse a una mujer tras dar a luz a un peludo retoño. Pude recorrer el país y visitar la frontera con Congo y Tanzania, disfrutar de las bondades de la naturaleza viendo el amanecer en el lago Kibu, en Kybuye, y contemplar cómo se escondía el sol de Kigufi y Gisenyi. Estuve en hospitales, colegios, mercados, chozas, huertos. Conviví con varias congregaciones de monjas. Incluso conocí al obispo de Rukara, Antoine Kambanda.

Mil Colinas tiene mil historias que contar. Historias rotas por el hambre, el alcoholismo. Niñas que fueron violadas, que fueron embarazadas prácticamente en la pubertad. Niños que intentaron quitarse la vida antes de vivir. Pero también esconde destellos de luz, la de la sonrisa de los ciento cincuenta alumnos que luchan por labrarse su futuro creyendo en la educación. Lo hacen en condiciones tan adversas que no es otra que una utopía lo que encierra este lugar.


Fuente original en novadehistoria.com

De viajes y fotografías

Pensamientos de fotografía. Una sección de Cruz Santos.


Viajar es hacer fotografías. Y hacer fotografías durante los viajes, puede llegar a convertirse en una tarea ardua. Queremos traernos muchas fotos y que sean buenas para dejar constancia de dónde hemos estado y qué hemos visto, y que cuando volvamos, podamos enseñárselas a nuestros amigos y familiares, y sin embargo, no siempre lo logramos, a no ser que seas el adalid de la fotografía de viajes. Por lo general hay muchas cosas que ver en muy poco tiempo.

El primer handicap con el que nos encontramos es el equipo. ¿Qué objetivos me llevo? ¿Utilizaré el trípode? ¿Meto en la mochila los flashes, los filtros...? Al final, vamos cargando con un pesado equipo fotográfico que la mayoría de las veces no usamos, porque no tenemos el tiempo material para ello, por lo que mi modesto consejo dado desde mi experiencia, si vas a hacer un viaje donde vas a dedicar el día a recorrer y visitar sitios históricos (mucho más si vas en grupo), es que vayas ligero de equipaje y disfrutes de las vistas. Coge la cámara, tu objetivo más versátil, llévate varias tarjetas, un par de baterías, y a disfrutar.

No te obsesiones con querer sacar la foto perfecta, porque lo más probable es que no lo consigas y termines frustrado. Ni la gente que tienes alrededor te lo va a permitir. Siempre vas a tener cientos de cabezas, brazos y piernas o mochilas interponiéndose entre tú y el objeto a fotografiar. Así que échale paciencia. Si vas a esperar a que el lugar se quede vacío, suerte. Puede que lo consigas por una décima de segundo después de esperar como mínimo media hora. Captura un bonito recuerdo del lugar, y sigue adelante. Disfruta de lo que ves, de la experiencia de tus sentidos cuando estés delante de "La Piedad" de Miguel Ángel, o en los jardines de Versailles. No hay nada como admirar el paisaje, ningún recuerdo será mejor que el que se queda grabado en tu retina y tu cerebro. Y después, enfoca y dispara. Esa será tu mejor fotografía.




National Geographic nos abre la puerta

Desde Plaza Arriola. La Editorial de ProStudio360, por Javier Rando.


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Una niña en el Rif

Novadefotografía. Una sección de Rafa González-García.

 

De los que estuvimos en Marruecos, fui yo el primero que se despertó en la mañana del 27 de septiembre hace ya muchos años. Los demás continuaban durmiendo a la intemperie metidos en sus sacos, resguardándose del frío que corre entre las montañas rifeñas. Me levanté, cogí la cámara y fui a pasear por el poblado donde apenas vivían una docena de familias; donde la civilización no había llegado más que por las antenas que coronaban en las casuchas de tejados de uralita. Me apetecía capturar los primeros rayos de sol que amenazaban a lo lejos con agujerear la negrura de la noche. Como el sitio no presentaba otro edificio más atractivo que una pequeña ermita, caminé laderas y pendientes en las que solían pacer rebaños de cabras. Esta actividad, junto con el cultivo del «kifi», era de lo que vivían aquellas gentes tan hospitalarias.

Para situarles debo decirles que cuando llegamos al aldeorrio en aquel furgón desvencijado después de varias horas por caminos de tierra y arena, lo primero que nos dijeron es que las mujeres y las niñas no se acercan a los extraños; esto estaba muy mal visto en ese lugar por donde apenas pasaba nadie. En los últimos años poco más que un par de cooperantes de ONG pusieron el pie allí, trataron de hacer funcionar un servicio de lavadoras con energía fotovoltaica, y más tarde se enteraron de que las placas solares de la lavandería se retiraron para emplearse en unos nuevos televisores. Al parecer decidieron que entre seguir fregando a mano y ver la tele, lo primero les ahorraría tiempo, pero tiempo era precisamente lo único que les sobraba.



Aquel fue mi primer viaje de recorrer carreteras y calles con mochila al hombro y cámara al cuello como el mayordomo del castillo que se cuelga la llave maestra. Era entonces cuando comenzaba a hacer fotografías, ya saben; que si encuadrar aquí, que si la regla de los tercios, que si el diafragma, la velocidad, el angular, tal… y de repente una niña salida de la nada irrumpió en mi visor. Debía de tener unos siete años y se acercó con la curiosidad propia de esa edad y la suma de vivir en un lugar olvidado, esos que todavía existen donde la distancia y el paso del tiempo te hacen más viejo y más antiguo que en cualquier otra parte. Esos lugares donde la vida pasa lenta, muy lenta; pero dejando marcas en el rostro tan tempranas como indelebles. Allí entre las montañas por las que cazcaleaba tranquila la quietud infinita, emigrante desde este otro lado del planeta en el que llevamos tanto tiempo volviéndonos locos.

Pero a lo que iba, decía que ni las niñas ni las mujeres hablaban con desconocidos. Esto lo habíamos comprobado con rapidez nada más bajarnos del furgón, pues a las primeras sólo las vimos jugando y correteando entre el chorro de críos que nos seguían constantemente, pero rehuían como palomas desconfiadas en una plaza pública. Y a las mujeres adultas, nunca vi más que a una en la casa donde nos acogieron. Es por esto que aquella mañana, yo sólo entre las montañas, al amanecer, aquella niña de siete años que se acercaba sin tapujos ni timidez me dejó helado. Se encontraba apacentando a tres o cuatro cabras del ganado familiar. Debía de haber madrugado bastante para este trabajo, pero imagino que andaría pensando en sus cosas, mirando al horizonte  preguntándose qué demonios habría tras el mar de cordilleras que la separaba de casi todo. Entre señales con las manos, mi escaso francés de bachillerato y sus dos palabras de español, aprendimos nuestros nombres. Observó la cámara con asombro y curiosidad, intentando trastearla en una lucha consigo misma entre el respeto hacia mí y los deseos de saber qué era el cacharro que llevaba encima. Captura imágenes, intenté explicarle. Tenía una Nikon F8, la de carrete, así que no podía hacer una fotografía y mostrársela en la pantalla. Sin embargo, debió de entenderlo a la perfección, pues enseguida se dispuso a posar permitiéndome retener una experiencia que comprendí al instante no iba a olvidárseme jamás.

Silvio Rodríguez, Ojalá. Concierto en la Plaza de la Revolución de ciudad Habana con la gran orquesta de Jazz Afrocuba, 1989.
 

Siempre estará ligada esta canción a los niños de una aldea perdida de Marruecos donde acabamos dieciséis cooperantes y yo. Comprobamos entonces cómo el corazón de los más pequeños se encariñan a una velocidad mayor que la de un adulto.

A la tarde en nuestra despedida con la familia, entre comentarios y risas, una canción que salía del viejo casete comenzó a sonar sigilosa como esa mujer que se cuela en tu vida. Las notas tristes de una guitarra y una voz cansada y melancólica decía aquello de «ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo». Y de pronto alguien del grupo dijo: —Mirad, ¿habéis visto la cara de los niños?—. Estaban todos en fila, callados e inmóviles, allí con sus camisetitas sucias repletas de churretes, taciturnos. Nos íbamos y en sus rostros podía leerse perfectamente que nos íbamos. No hubo ninguno de nosotros a quien no se le encogiese el pecho ni evitase un nudo en la garganta. Fueron unos minutos en los que el silencio descubrió a Silvio Rodríguez en la Plaza de la Revolución de la ciudad de la Habana cantando «ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta» y todo aquello que me llevan de nuevo a este viaje cada vez que lo escucho.

Esta es una historia a la que le he dado tantísimas vueltas durante todo este tiempo. Es realmente difícil tratar de transmitir lo que uno siente cuando te suceden estos pequeños episodios por ahí perdido. Cuando uno tropieza con el choque de culturas, pero a la vez se consiguen romper por completo todas las fronteras. Ni siquiera el idioma o el sexo supone una barrera insalvable cuando los deseos de conocer nos empujan a partir en dos los grilletes a los que estamos sujetos. Esta es una historia de esas que por más que te afanes por vestirla con palabras, resulta insuficiente, como un plato cocinado al que no por muchos ingredientes consigues darle el sabor que buscas. Pero en definitiva, esta es una historia que el paso de los años no ha podido borrar su huella, porque me enseñó lo que puede ocurrir si decides darte un garbeo de los de verdad. Aún guardo en mi retina (y en la diapo que tomé) la imagen de aquella niña envuelta en las montañas del Rif sonriendo curiosa al mundo a través de mi cámara.


NOTA: La cabecera es una fotografía tomada desde el balcón del hotel España del pueblo de Chef Cahoue, Marruecos.
NOVADEHISTORIA © 2007

Expedición Mongolia

Entre arte y negocio. Una sección de Felipe Passolas.


Aunque no lo creáis, allá por 2008 daba mis primeros pasos en los mercados financieros por cuenta propia. Después de dejar la banca tradicional me trasladé a Brasil, donde comprendí que había un sueño que aún me llamaba. Cuando vivía en Japón, fantaseábamos con recorrer las estepas de Mongolia y dejarnos llevar por la naturaleza de un país dominado por nómadas. Yo monto a caballo desde que era un niño, y este animal es el rey del lejano país mongol. Digamos que todo estaba interconectado: así nació Expedición Mongolia 08/09.




De la banca a intentar recorrer Mongolia a caballo, un viaje de 2.500 km en solitario y sin ayudas mecánicas, desde Kazajistan a China. Tardé muchos meses en montar la expedición y con la ayuda de incontables apoyos conseguí iniciar aquella aventura. Y, a la vez, la fotografía profesional se cruzó en mi camino. De esta misma experiencia procede el logo de mi empresa, ADVENTURE IMAGE: la silueta de tres caballos que originalmente me acompañaron en este viaje de otro tiempo.



Mi inicio con la fotografía nace de querer aportar pruebas físicas de que aquel viaje era un proyecto real. Mi plan era montar un documental de la experiencia vivida en video y fotografía. Los patrocinadores en los que me apoyaba precisaban una fotografía con una calidad profesional que justificara la publicidad y la ayuda prestada.

El problema era no poder contratar a un fotógrafo, por falta de presupuesto y porque hacerlo desvirtuaría los principios de la expedición. Siempre he llevado mi cámara en todos mis viajes desde que tengo uso de razón, pero en esta ocasión iba a ser diferente, ya que debía contar lo vivido de la mejor manera posible y de un modo distinto a través de ella. Empecé a estudiar fotografía a marchas forzadas. A mis alumnos siempre les enseño composición fotográfica como una manera muy rentable de mejorar su fotografía. Yo comencé así. Solo pensando en composición.


Con el tiempo la fotografía fue desplazando mi tiempo delante de los gráficos de índices bursátiles y llegaron otros viajes. Luego, pasaron muchas horas de estudio de fotografía y muchas fotos hasta que comencé a montar viajes sólo pensando en la fotografía. Se ha convertido en la razón de mis viajes, pasión y forma de contar lo vivido.

Espero materializar todas estas experiencias en un libro que pronto verá la luz. Cuando llegue el momento, deseo que os guste y podáis ser participes de viajes de otros tiempos y culturas que a veces están cerca de desaparecer. Y que están accesibles para todos, al menos por un tiempo limitado.



Se avecina tormenta

No va de fotografía. Una sección de Rafa González-García.

Nuestro destino de viaje nunca es un lugar, 
sino una nueva forma de ver las cosas.
—Henry Miller.


Me miraba a los ojos inquisitiva y escrutadora igual que una niña que abre por primera vez una caja de muñecas y comprueba que no le falta un complemento. El vino era el único testigo en nuestra conversación, y en la pesquisa, hablando de los rincones del mundo, salió a relucir la pregunta sobre cuáles creía que habían brillado más intensamente en mis pupilas, cuáles fueron los que despertaron mayor asombro en mi boca. En estos casos cualquiera hubiese aceptado como buena elección el Taj Mahal que levantó Jahan en Adra por amor a su esposa Mumtaz, por ejemplo. O quizás la noble escalinata del Altar de Zeus que podemos disfrutar con fruición en el Pergamonmuseum de Berlín. Por qué no elegir la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, en La Habana, donde un cañón escupe cada día una bola de fuego rememorando la época colonial. El Danubio visto desde el Palacio de Buda dibuja una bella postal cuando el invierno blanquea los tejados de la capital húngara. La Place de la Concorde, el Hôtel National des Invalides, la Tour Eiffel. Siendo más patrio, bien podría haberme acordado de la Alhambra de Granada por poner un caso. Pero no, no dije ninguno de tales, ni siquiera la Piazza Maggiore de Bologna y su cine de verano, que ahora cuando escribo estas líneas recuerdo con gusto la noche en que me recibió con Peter O'Toole rodeado de jeques en Laurence de Arabia.

Mientras hacía otro esfuerzo memorístico mojé los labios en el Protos que reposaba en el cristal de mi copa, esperando, que el néctar de la uva evocara estampas pasadas y acudieran las que al parecer estuvieron obligadas a deslumbrar mi corazón en su momento. Pero el caso es que París, Roma, Florencia, Verona, Berlín, Riga, Cracovia y Madrid pasaron rápidas como un chispazo; luego vinieron Santiago de Cuba, Xaouen, Jerusalén, Nueva Delhi, Kampala y Jenin corriendo la misma suerte.

No son los lugares —le dije al poco—. Es la gente, es lo vivido. Es el húmedo aprendizaje que termina calando en los huesos como el sirimiri de lo que no puedo desprenderme cuando regreso. En todos y cada uno de ellos disfruté y traté de asimilar la condición humana. Pero lo hice gracias a esas vivencias que sólo te brinda el contacto con los demás, igual que estamos tú y yo aquí y ahora, en este Balcón de Europa que se asoma desde el acantilado con osadía, oteando el mar que le distancia del otro.


Anciana sentada en el zaguán de su casa. 
Santiago de Cuba, 2010.


Mi búsqueda no tiene dirección concreta. Llevo un cuaderno de notas y una cámara fotográfica como excusas. En el primero recojo las ideas que me enseña el segundo. Son un pretexto perfecto para vagamundear en soledad ejercitando la mirada, indefectible cuando de verdad te inquieta el mundo, cuando de veras te llama la atención esos ruidos que se oyen ahí afuera. Que yo sepa esto sólo lo transmiten las personas, con frecuencia de culturas diferentes; las que te obligan a cambiar ese enfoque al que estás acostumbrado. Saltando las fronteras regresamos a la infancia más profunda, volvemos a ser aquel niño que se asombraba con todo lo que sobrevenía a su alrededor. Vestido con un pantalón corto y faltriqueras repletas de dudas que impedían que cerrara los ojos y a veces la boca. Mi cámara es un tirachinas, cuelga de mi bolsillo, lo saco y disparo a ver qué ocurre.
Es un alivio zanquear así por el planeta, sin esperar nada. Las habitaciones de los hoteles más inmundos parecen maravillosas suites, los autobuses más incómodos y peligrosos se parangonan con grandes limusinas. Todo se transforma como en el cuento de La Cenicienta donde de pronto una calabaza se convierte en elegante carroza y diminutos ratones en magnos caballos que tiran de ella. Las más adversas vicisitudes que en cualquier paquete de agencia de viajes con banderita y bufé libre se considerarían auténticas tragedias, aquí son los capítulos de un libro, tan pedagógicos y formativos como cualquiera.



El trompetista y la niña.
Santa María, Málaga, 2007.


Cuando estuve en el desierto de Thar, cerca de Jaisalmer, en la India, coincidí con varios grupos para pernoctar al aire libre, sensación única que siempre menciona todo el mundo que lo ha experimentado. Habíamos caminado en camello hasta la puesta de sol, pero lo que se suponía iba a ser un mar de estrellas al caer la tarde pronto se tornó en absoluta oscuridad. Teníamos un toldo agujerado para protegernos del viento y de la lluvia. Me acompañaban una pareja de catalanes y otra de argentinos. Cuando el cielo se cerró y comenzó a descargar con violencia aquella tormenta, tuvimos que sujetar con tal fuerza la lona que pareció como si fuésemos a volar todos juntos arrastrados por los enérgicos soplidos de Eolo. La tromba de agua golpeaba con insistencia y la luz cegadora del rayo anunciaba el inminente crujido del trueno como si las nubes se retorciesen. Por unos instantes, igual que el resto, también temí que aquello no terminara bien. Quién sabe cómo podríamos haber acabado si el plástico se hubiese volado. Nos habríamos empapado hasta los tuétanos esperando a que el sol nos calentara de nuevo. Pasé la noche contando chistes horrorosos y un poco de Historia del siglo XX. Con lo primero trataba de sosegar el ambiente, con lo segundo buscaba directamente que se durmieran. Mis compañeros se lo tomaron peor, o quizás yo no fui consciente. Pero puedo asegurarte que hoy todos lo recordamos como algo positivo, el habernos encontrado allí y ver cómo reaccionábamos ante tales circunstancias.

Camelleros cocinando la cena. 
Desierto del Thar, Jaisalmer, 2012.


Ella siguió pensativa, con esa mirada perdida que sólo inquieta al hombre cuando la adopta una mujer. Le di el último sorbo a la copa y mientras resbalando caía por mi garganta el líquido báquico pude sentir nuevamente cómo las gotas de lluvia lo hacían sobre la lona que nos protegió a Domingo, Laia, Celes, Tomás, y al que firma estas líneas, con la añoranza de quien guarda el deseo de volver a marcharse.

*****
Kapunscinski cierra las últimas páginas de su libro Viajes con Heródoto con las siguientes palabras:


«El hombre medio no muestra especial interés por el mundo. A él ha venido y en él se ve obligado a vivir, y no tiene más remedio que afrontar este hecho lo mejor que pueda y sepa; cuanto menos esfuerzo exija, tanto mejor. Mientras que la absorbente empresa de conocer el mundo requiere un esfuerzo gigantesco y una dedicación absoluta. La mayoría de la gente tiende más bien a desarrollar habilidades contrarias: mirar para no ver y escuchar para no oír. […]

La mente de Heródoto es incapaz de detenerse en un solo acontecimiento o en un solo país. Hay algo que lo empuja, una fuerza acuciante que lo impele a seguir. El hecho que ha descubierto y comprobado hoy, mañana habrá dejado de fascinarlo. Tiene que partir hacia nuevos lugares y nuevos hechos.

Personas como él, útiles para los demás, en el fondo son muy desgraciadas, porque a la hora de la verdad están condenadas a la más absoluta de las soledades. Es cierto que buscan a otros congéneres; pero incluso cuando —a veces— les parece que los han encontrado en tal país o ciudad, cuando ya los han conocido a fondo, un buen día se despiertan con la sensación de que nada les une a ellos, que pueden marcharse de ese lugar en cualquier momento, pues pronto descubren que las ha deslumbrado otro país y otra gente, y que el acontecimiento que ayer mismo las fascinaba ha palidecido, perdiendo sentido e importancia.

A la hora de la verdad no se atan a nada ni echan raíces profundas. Su empatía, aunque sincera, es superficial. La pregunta por el país que más les gusta cuantos han conocido les causa cierto embarazo: no saben qué responder. ¿Que cuál? De una manera u otra, todos; todos tienen su interés. ¿Que a qué país les gustaría volver? De nuevo, cuestión embarazosa: jamás se han planteado preguntas semejantes. Seguro que les gustaría volver a emprender un viaje, ponerse en camino: he aquí lo que anhelan.» (1)

Mi nombre es Rafa, a veces entro en una clase y cuento cosas. A partir de ahora también me encontrarán por aquí.

1. Ryszard Kapunscinski, Viajes con Heródoto. Anagrama, pág. 300-302.

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